Tatá Moncany vive un momento que, según sus propias palabras, todavía le cuesta dimensionar. Después de doce años de ingresar a la Unidad Penitenciaria N° 17 de Urdampilleta para brindar catequesis a personas privadas de su libertad, fue designada para ser recibida por el papa León XIV durante su visita a la Argentina.
La noticia llegó a través de contactos vinculados al Episcopado de Buenos Aires, que conocían la tarea que desarrolla desde hace más de una década en el establecimiento penitenciario. Una de sus hijas, que reside en Tigre, fue quien tuvo el vínculo que permitió acercar la historia de su madre a quienes organizaron el encuentro.
“Estoy ansiosa. Todavía no caigo. Dios es muy misericordioso conmigo. Me parece que me da demasiado”, contó Tatá en una entrevista con Gustavo Tinetti, en el programa Despertate de Cadena Nueve.
Doce años llevando la catequesis al penal
Tatá comenzó a concurrir a la Unidad Penitenciaria 17 hace doce años. Durante los primeros dos años lo hizo prácticamente sola y, según recordó, más de una vez escuchó que estaba “loca” por desarrollar esa tarea en una cárcel de hombres de máxima seguridad.
Con el tiempo, se sumó un sacerdote y la actividad comenzó a crecer. Al principio, los internos que participaban eran trasladados hasta un salón de la escuela del establecimiento. Tatá planteó entonces la posibilidad de acercar la catequesis directamente a los pabellones.
La propuesta fue aceptada y la experiencia se transformó. Lo que comenzó con grupos reducidos fue creciendo hasta alcanzar a los distintos pabellones.
“Hoy salen todos, no queda nadie en la celda”, contó con entusiasmo.
El mensaje que lleva es, fundamentalmente, el Evangelio y la figura de Cristo.
“Le hablo de Cristo, de que si tenemos a Dios, la vida es otra cosa. Tratamos de vivir ese Evangelio, que no es fácil, porque es todo lo contrario de lo que lamentablemente en la sociedad se da muchas veces”, explicó.
“Yo no soy feliz ni por la camioneta que tengo, ni por la casa”
Para Tatá, la tarea dentro del penal no se limita a transmitir contenidos religiosos. Su propia experiencia de fe es el punto de partida para acompañar a los internos.
“Yo no soy feliz ni por la camioneta que tengo, ni por la casa. A mí me hace feliz saber que tengo un Dios que me quiere con locura y me va a proteger siempre, en las buenas y en las malas”, afirmó.
Esa convicción, dijo, también explica la confianza con la que durante años ingresó a un establecimiento penitenciario de máxima seguridad.
Con el paso del tiempo, el vínculo con los internos se fortaleció. Tatá relató que hoy siente a la unidad como “su segunda casa” y destacó las muestras de afecto que recibe de quienes participan de las actividades.
Recordó incluso una situación en la que uno de los internos le prestó una campera porque hacía frío y se preocupó por que ella no se la quitara hasta estar nuevamente abrigada.
El Rosario y una experiencia que trasciende los muros
La actividad religiosa también incluye el rezo del Rosario. Durante la entrevista, Tatá recordó la experiencia de las cárceles bonaerenses durante la pandemia y mencionó el impulso que tuvo el rezo del Rosario en distintos establecimientos penitenciarios.
Según relató, los internos participan activamente: algunos rezan los misterios, otros responden y otros cantan.
“Lo están esperando ellos”, explicó al referirse al Rosario y al valor que tiene para muchos de los hombres privados de su libertad.
También contó que en algunos casos la posibilidad de participar del Rosario se convirtió en una actividad muy valorada por los internos.
Una convivencia que, según Tatá, también se transformó
La catequista destacó además el acompañamiento de los directivos de la unidad penitenciaria. Según contó, desde que comenzaron las actividades religiosas junto con el sacerdote y otros colaboradores, perciben un clima de mayor tranquilidad.
Tatá vinculó esa experiencia con la posibilidad de transmitir herramientas para mejorar la convivencia y evitar conflictos dentro del penal.
Su mensaje, dijo, apunta a que los propios internos comprendan que los primeros perjudicados por las peleas y los enfrentamientos son ellos mismos.
Bautismos, retiros y vínculos que continúan fuera del penal
Durante estos doce años, la tarea de Tatá también acompañó procesos personales que fueron más allá de las horas de catequesis. Contó que algunos internos se bautizaron y que incluso se realizaron retiros espirituales.
Uno de los momentos que recuerda especialmente ocurrió cuando un interno recuperó la libertad y su familia se comunicó con ella para agradecerle por el acompañamiento que había recibido durante su permanencia en el penal.
Para Tatá, esas experiencias confirman el sentido de una tarea que, según reconoce, también la transforma a ella.
“Yo como voy, como lo hago, siempre digo: traigo más de lo que llevo. Voy contenta y vengo refeliz”, expresó.
El encuentro con León XIV
El próximo desafío para Tatá es completamente diferente: encontrarse con el Papa León XIV.
La catequista reconoció que todavía no sabe exactamente qué ocurrirá durante el encuentro ni qué podrá preguntarle al Pontífice. Tampoco tenía, al momento de la entrevista, confirmado el día y horario exactos de la reunión.
Lejos de preparar un discurso, aseguró que afrontará la experiencia con la misma espontaneidad con la que encara su vida cotidiana.
“Yo todas las mañanas abro los ojos y le digo: ‘Gracias, Señor, por este día que me das. Pongo mi vida en tus manos, hacé de mí lo que quieras’”, contó.
Y agregó, con humildad: “Yo qué pregunta le voy a hacer al Papa. El Papa me va a preguntar más a mí que yo a él”.
La historia de Tatá Moncani comenzó hace doce años en los pabellones de una unidad penitenciaria bonaerense. Allí, semana tras semana, construyó vínculos a través de la palabra, la fe y el acompañamiento.
Ahora, esa historia la llevará hasta un encuentro con el Papa. Una experiencia que, como ella misma admite, todavía le cuesta creer y que recibe con una frase que resume su manera de vivir: “Dios es muy misericordioso conmigo”.



