Hay tecnologías que avanzan a pasos agigantados. Celulares inteligentes, relojes que contestan llamadas, televisores que hablan y hasta heladeras que avisan cuándo falta leche. Pero existe un dispositivo que algunos jubilados siguen usando a su manera: el audífono… aunque no siempre esté prendido.
El clásico de la semana tiene un protagonista de lujo. El hombre llega a la reunión familiar, saluda a todos, se acomoda en la silla y, con absoluta tranquilidad, apaga el audífono porque “hay mucho ruido”. Hasta ahí, una decisión entendible.
El problema aparece cinco minutos después.
—¿Qué dijiste?
Le repiten.
—¿Qué?
Le vuelven a explicar.
—¿Cómo?
Y así durante toda la tarde, mientras el resto de la familia hace de subtitulador oficial.
Lo más curioso es que nadie se anima a decirle que el aparato está apagado. Algunos por respeto, otros por diversión, y varios porque ya hicieron una apuesta para ver cuánto tarda en darse cuenta.
Cuando finalmente alguien le señala el pequeño detalle, el veterano mira el audífono, aprieta el botón de encendido y, sin perder la dignidad, responde:
—¡Ah… yo decía que hoy estaban hablando muy bajito!
La ciencia todavía no logró explicar este fenómeno, pero en todos los pueblos existe al menos un especialista en activar el “Modo Avión” del audífono: lo apaga para descansar del ruido… y después pasa media hora preguntando “¿qué?” con una convicción digna de un detective.
Porque en la vida hay costumbres que no cambian. Y si algo caracteriza a muchos abuelos, es que siempre encuentran la manera de hacer reír… incluso cuando no escuchan el chiste.



