
Durante mucho tiempo, Gonzalo Carballo sintió que su vida había quedado atrapada en una oscuridad de la que no encontraba salida.
El consumo había avanzado sobre distintos aspectos de su vida. Como suele ocurrir en estos procesos, los vínculos comenzaron a deteriorarse, la confianza en sí mismo se fue perdiendo y el aislamiento se convirtió progresivamente en parte de su cotidianeidad.
Pero hubo un momento en el que Gonzalo entendió que ya no podía continuar de la misma manera.
Y pidió ayuda.
Ese pedido, aparentemente sencillo, terminó siendo el comienzo de un camino que hoy lo encuentra hablando públicamente de su experiencia, no desde un lugar de vergüenza, sino desde la recuperación y con la intención de que su historia pueda servirle a alguien más.
“Viví mucho tiempo en la oscuridad, muchos años con el consumo. Llegó un momento dado en el cual yo ya no daba más y le pedí ayuda a mi hermana, Caro”, relató Gonzalo durante una entrevista con Cadena Nueve.
Carolina y Gonzalo son hermanos y siempre tuvieron un vínculo muy cercano. Esa relación sería fundamental cuando llegó el momento más difícil.
Cuando la familia también necesita aprender a ayudar
Carolina había comenzado a advertir cambios en su hermano.
Durante años habían compartido momentos cotidianos: cenas, almuerzos, encuentros familiares. Sin embargo, poco a poco Gonzalo empezó a alejarse.
Las invitaciones que antes aceptaba comenzaron a recibir excusas. Ya no estaba disponible de la misma manera. Algo había cambiado.
Carolina todavía no sabía exactamente cómo intervenir.
Hasta que llegó un llamado durante sus vacaciones.
Gonzalo necesitaba dinero. Le pidió una suma que, según recordó Carolina, que era para comprar comida.
Ella decidió ayudarlo, pero esta vez hizo algo diferente.
Le puso un límite.
“Yo te paso esta plata, pero es lo último que te voy a pasar. Fijate qué vas a hacer con tu vida de ahora en más. No cuentes más conmigo. O te recuperás o yo me abro”, le dijo.
Aquella decisión no fue un abandono. Fue, paradójicamente, una manera distinta de acompañarlo.
Carolina entendió que seguir resolviendo las consecuencias inmediatas del consumo podía impedir que Gonzalo tomara conciencia de la necesidad de buscar ayuda.
Y algo ocurrió.
Gonzalo pidió ayuda.
“Sin darme cuenta le puse el límite que necesitaba él”, reflexionó Carolina.
A los pocos días, ambos emprendieron el viaje.
Un bolso, dos hermanos y una decisión.
El destino fue la Fundación EIRA.
“Cuando llegué, me encontré con un lugar extraordinario”
Gonzalo recuerda aquel momento como un verdadero punto de inflexión.
“Me lleva a EIRA y cuando llego me doy cuenta del lugar extraordinario que es”, contó.
Pero rápidamente aclara que lo que encontró allí no fueron solamente instalaciones adecuadas.
Lo que encontró fue un equipo humano.
Profesionales, operadores y coordinadores preparados para acompañar un proceso complejo, en el que cada persona llega con una historia diferente y necesita ser escuchada y comprendida.
“Más allá de las instalaciones, está la calidad humana de los profesionales que tiene, de cómo nos reciben”, destacó.
Para Gonzalo, ese primer contacto fue determinante.
“Enseguida nos encuentran un lugar donde dormir, nos esperan con muchas cosas lindas que el adicto perdió”, relató.
Y allí aparece una de las palabras centrales de su historia: vínculos.
Porque el consumo no solamente afecta a quien consume. También puede provocar aislamiento, pérdida de confianza, ruptura de relaciones y un progresivo alejamiento de aquello que alguna vez formó parte de la vida cotidiana.
“El adicto en consumo se aísla, pierde vínculos, pierde su propia confianza”, explicó.
El tratamiento comenzó, entonces, a trabajar sobre algo mucho más profundo que el consumo en sí mismo.
Se trataba de recuperar a la persona.
El tratamiento: volver a encontrarse con uno mismo
Gonzalo explica que una de las claves del proceso fue comprender que estaba atravesando una enfermedad y que no todas las personas llegan al tratamiento de la misma manera.
Cada historia es diferente.
Cada persona tiene su propia trayectoria, sus propias heridas, sus propios límites y también una forma particular de enfrentar el proceso de recuperación.
“Cada uno tiene su manera de ser o tocó fondo diferente”, explicó.
Por eso, destacó el acompañamiento personalizado.
“Siempre tenés alguien, algún operador, algún coordinador que está mirándote, que está preguntándote y profundiza tu enfermedad. De esa manera sabe cómo tratarte y cómo sacarte adelante”, relató.
La recuperación comenzó así a construirse día tras día.
No como un camino lineal ni sencillo, sino como un proceso sostenido en el tiempo.
Y allí apareció otro elemento fundamental: la convivencia con otras personas que atravesaban situaciones similares.
Entre compañeros también apareció la esperanza
Para Gonzalo, compartir el proceso con otros fue una de las herramientas más importantes.
Hablar de sentimientos, culpas, experiencias y conductas que durante mucho tiempo permanecieron ocultas permitió comenzar a reconstruir una identidad que el consumo había debilitado.
“Cómo nos ayudamos mutuamente entre adictos, cómo abrimos nuestros sentimientos, nuestras culpas, nuestro estilo de vida arraigado al consumo”, explicó.
El grupo se convirtió en un espejo.
Pero también en una fuente de esperanza.
Gonzalo observaba a compañeros que habían comenzado el tratamiento antes que él y que se encontraban más avanzados en su recuperación.
Y pensaba que aquello que veía en ellos también podía ser posible para él.
“Lo que me alentó es ver a los otros compañeros que estaban en un dispositivo más adelante que el mío”, contó.
La posibilidad dejó de ser una idea abstracta.
Era concreta.
Estaba delante suyo.
Si otros podían avanzar, él también podía hacerlo.
“Si ellos pueden, uno también se lo propone y puede llegar a estar como los demás compañeros”, expresó.
Ese proceso fue permitiéndole recuperar algo que había perdido: la confianza.
Primero en el tratamiento.
Después en los demás.
Y finalmente, nuevamente, en sí mismo.
“Para salir bien plantado afuera”
La recuperación no termina simplemente con dejar atrás el consumo.
Uno de los grandes desafíos, explicó Gonzalo, es prepararse para volver a la vida cotidiana y poder afrontar las situaciones que aparecen fuera del ámbito de tratamiento.
Por eso considera fundamental el trabajo realizado durante el proceso.
La intención es recuperar herramientas para enfrentar el futuro y poder sostener lo aprendido.
“Nosotros recuperamos la confianza para avanzar tanto en el tratamiento, para salir bien plantado afuera y abordar cualquier situación”, sostuvo.
No habla de una solución mágica.
Habla de trabajo.
De acompañamiento.
De convivencia.
De responsabilidad.
Y, especialmente, de sostener el proceso.
Carolina: el amor también puede poner límites
La historia de Gonzalo también es la historia de Carolina.
La hermana que estuvo cerca.
La que advirtió los cambios.
La que no dudó sobre cómo ayudar.
La que finalmente decidió poner un límite.
Y la que después tomó un bolso junto a su hermano y lo acompañó hasta la Fundación EIRA.
Durante lacharla en Cadena Nueve, Carolina dejó una definición que atraviesa toda la experiencia: ayudar no significa hacer todo por el otro.
A veces, ayudar también significa decir basta.
Significa establecer un límite desde el afecto y desde la responsabilidad.
“Si yo le pasaba el dinero y no le decía nada, quizás hoy sería otra la historia”, reflexionó.
Por eso, la convocatoria del viernes 16 también está pensada para las familias.
Porque muchas veces quienes rodean a una persona con problemas de consumo no saben cómo actuar.
Quieren ayudar, pero no saben de qué manera.
Y pueden terminar atrapados en una dinámica que tampoco les permite encontrar una salida.
Una charla para toda la región
Con esa experiencia como punto de partida, Carolina y Gonzalo decidieron transformar lo vivido en un mensaje para otros.
Este viernes 16, la Fundación EIRA realizará en Carlos Casares una charla abierta y gratuita de concientización sobre adicciones.
Participarán integrantes de la institución, coordinadores y profesionales, junto con la presencia especial de Gastón Pauls.
El encuentro comenzará entre las 17.30 y las 18 horas.
La convocatoria no está destinada únicamente a personas que atraviesan un consumo problemático.
También están invitadas sus familias.
La propuesta busca brindar información, generar conciencia y mostrar que pedir ayuda puede ser el primer paso de un proceso de recuperación.
Desde Nueve de Julio, además, se busca facilitar la participación de quienes tengan dificultades para trasladarse hasta Carlos Casares.
Las personas interesadas pueden comunicarse al 2317 657060 para consultar sobre la actividad y las alternativas de traslado.
Una historia que decidió dejar de ser silencio
La historia de Gonzalo comenzó durante años en silencio.
Hoy decidió contarla.
No para volver sobre el pasado, sino para poner su experiencia al servicio de quienes todavía pueden estar atravesando esa misma oscuridad.
Su relato muestra un camino que comenzó con un pedido de ayuda, continuó con un límite familiar, siguió con el ingreso a un espacio de tratamiento y se transformó, paso a paso, en una recuperación basada en el acompañamiento, los vínculos y la recuperación de la confianza.
“Se puede”, es, en definitiva, el mensaje que queda detrás de sus palabras.
Gonzalo encontró una puerta cuando sintió que ya no podía solo.
Carolina estuvo del otro lado para ayudarlo a cruzarla.
Y hoy ambos decidieron abrir esa puerta para otros.
Porque detrás de cada persona que atraviesa una adicción hay también una familia que necesita comprender, aprender y encontrar herramientas.
Y porque, como resumió Gonzalo al recordar aquel tiempo, después de muchos años de oscuridad, también es posible volver a encontrar la luz.



