
La Justicia francesa acaba de ponerle números a una tragedia: 26 años de prisión para Loïk Le Priol y 19 para Romain Bouvier por el crimen del platense Federico Martín Aramburu ocurrido en París el 19 de marzo 2022.
Pero hay algo que excede la sentencia.
Algo que, en medio de un hecho irreversible, merece ser observado.
La palabra perdón.
No es frecuente. Mucho menos en el recinto de la sentencia ante los jueces y las partes involucradas en un hecho triste y violento.
Mucho menos cuando una persona muere como consecuencia de un suceso de sangre. Y tampoco suele ser habitual que los familiares de quien cometió el hecho se acerquen a los familiares de quien murió para decirles, sencillamente, “lo siento”.
La madre de Le Priol pidió perdón a la familia Aramburu. El padre también expresó sus disculpas. Lo hicieron sin que esas palabras pudieran devolver una vida, borrar una escena o reparar el dolor.
Pero las dijeron.
Y eso tiene un valor humano que no debería perderse detrás de los años de prisión.
Porque una sentencia puede determinar una pena. Puede establecer responsabilidades. Puede decir qué ocurrió según las pruebas reunidas durante un juicio.
Pero hay heridas que ninguna sentencia consigue cerrar.
Federico Aramburu tenía 42 años. Había sido jugador de rugby, integrante de Los Pumas, padre, esposo, amigo. Aquella madrugada del 19 de marzo de 2022 salió de un bar de París después de una discusión.
Estaba desarmado.
Según la reconstrucción judicial, después del altercado fue perseguido y recibió varios disparos. Murió en la calle.
Cuatro años después, un tribunal francés estableció las penas para los principales responsables.
Pero hay una pregunta que permanece: ¿qué se le puede decir a una familia cuando desde la propia familia del victimario se reconoce el dolor causado?
Tal vez no exista una respuesta.
Tal vez simplemente haya que decir lo que durante demasiado tiempo parece haberse perdido en nuestra sociedad:
Disculpas. Perdón.
No como una forma de evitar la responsabilidad.
No como una manera de relativizar lo ocurrido.
No como una excusa.
Perdón como reconocimiento del dolor del otro. Del daño provocado, que es mucho más profundo que compensaciones dinerarias. El respeto al otro que sufre.
En muchas comunidades, cuando ocurre una tragedia —incluso cuando se trata de un hecho accidental, sin intención de provocar la muerte— suele instalarse un silencio incómodo. Nueve de Julio y muchas ciudades es testido de ello.
La familia de quien murió queda con su dolor.
La persona que provocó el hecho, muchas veces involuntariamente, queda también atrapada en su propia culpa.
Y las familias quedan enfrentadas por una muerte que nadie quiso… Pero la mayor distancia es como consecuencia que no hugo ni disculpas, ni perdón.
Entonces ocurre algo extraño: quien sufrió la pérdida puede no recibir jamás una palabra de quien ocasionó el daño.
No porque exista necesariamente indiferencia.
A veces hay miedo.
A veces vergüenza.
A veces la imposibilidad de encontrar las palabras.
A veces, simplemente, una cultura que parece habernos enseñado que pedir perdón es admitir una responsabilidad que después será utilizada en nuestra contra.
Y así, pasan los años.
Y el silencio se convierte en otra herida.
Por eso las palabras pronunciadas durante este juicio tienen una dimensión que va más allá de quienes estaban sentados en el banquillo.
Romain Bouvier habló de la dignidad y del sufrimiento de la familia de Aramburu.
Le Priol dijo que había intentado ser sincero durante el juicio y reconoció que ninguna respuesta podría reemplazar a Federico.
Después habló del valor de la vida y de la posibilidad de cambiar, que los años en prisión lo hagan mejor persona.
Y finalmente pidió perdón.
No alcanza.
Nada alcanza cuando una persona muere.
Pero que algo no alcance no significa que no tenga valor.
La familia Aramburu tendrá que vivir toda su vida con la ausencia de Federico. Ninguna condena podrá modificar eso.
Los años de prisión tampoco devolverán al hombre que murió aquella madrugada.
Pero hay una diferencia profunda entre justificar y reconocer.
Justificar busca explicar para disminuir la responsabilidad.
Reconocer acepta que existe un dolor que no puede ser explicado ni reparado.
Y pedir perdón, cuando es auténtico, implica mirar al otro a los ojos y admitir que su dolor existe.
Quizás por eso el gesto de los padres de Le Priol merece ser observado.
No porque borre lo sucedido.
No porque modifique la sentencia.
No porque equipare responsabilidades.
Sino porque, en una sociedad donde muchas veces el orgullo, el miedo o el silencio terminan ocupando el lugar de las palabras, pedir perdón sigue siendo un acto profundamente humano.
Federico Aramburu no vuelve.
La familia Aramburu seguirá extrañándolo.
La Justicia ya habló.
Ahora queda otra enseñanza, mucho más sencilla y mucho más difícil: cuando alguien sufre por algo que hicimos —incluso cuando jamás quisimos provocar ese sufrimiento— quizá lo mínimo que podamos hacer sea acercarnos y decir: perdón.
No para cambiar el pasado.
No para conseguir absolución.
Para reconocer al otro.
Y quizá también para recordar algo que ninguna sentencia debería hacernos olvidar: detrás de cada expediente hay personas.
Detrás de cada víctima hay una familia.
Y detrás de cada culpable también hay una familia que deberá convivir con lo ocurrido.
En París hubo una sentencia.
Pero también hubo algo que pocas veces se ve: una familia pidiendo perdón a otra familia por una muerte que jamás podrá ser reparada.
Y quizás, en tiempos donde pedir disculpas parece haberse vuelto una debilidad, haya algo de fortaleza en esas dos palabras:
Perdón, Federico.


