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Memoria, violencia y democracia

Hechos de septiembre en la historia que no son idénticos ni deben mezclarse históricamente, pero permiten pensar un problema común: qué ocurre cuando la violencia reemplaza a la política, al diálogo y a la justicia.

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Hay fechas que no deberían pasar inadvertidas. No solamente porque recuerdan hechos importantes de nuestra historia, sino porque nos obligan a preguntarnos qué sociedad queremos construir y, sobre todo, qué estamos dispuestos a hacer para que determinados hechos no vuelvan a repetirse.

En estos días, la memoria argentina vuelve sobre episodios profundamente dolorosos. La Noche de los Lápices recuerda el secuestro, la tortura y la desaparición de estudiantes secundarios durante la última dictadura militar. Eran jóvenes que, entre otras cosas, habían participado de reclamos estudiantiles. Algunos sobrevivieron y pudieron contar lo ocurrido; otros continúan desaparecidos. Recordarlos es reconocer que la violencia del Estado puede alcanzar incluso a quienes deberían estar comenzando a construir su futuro.

También aparece en nuestra historia el asesinato de Atilio López, dirigente sindical y exvicegobernador de Córdoba, asesinado junto a Juan José Varas por un grupo paraestatal. Y, al mirar hacia 1955, encontramos el comienzo del levantamiento militar que terminaría con el derrocamiento de Juan Domingo Perón y una etapa posterior marcada por la proscripción política del peronismo.

Son hechos diferentes, ocurridos en momentos diferentes y protagonizados por actores diferentes. Pero hay algo que los atraviesa: la utilización de la violencia como forma de resolver conflictos políticos y sociales.

Cuando una sociedad acepta que al adversario político se lo puede perseguir, silenciar, proscribir, secuestrar o matar, la democracia deja de ser un espacio para resolver nuestras diferencias y comienza a convertirse en un terreno de enfrentamiento.

La historia también nos muestra que la violencia no aparece de un día para otro. Muchas veces se construye lentamente: cuando dejamos de escuchar al que piensa distinto, cuando convertimos al adversario en enemigo, cuando justificamos la violencia porque creemos que la causa propia es superior a la del otro. El paso siguiente puede ser considerar que ciertas personas no merecen los mismos derechos.

Por eso, recordar no debería significar solamente mirar hacia atrás. La memoria también tiene una responsabilidad hacia el presente.

¿Cómo se revierte la violencia?

No existe una única respuesta, pero hay caminos concretos: fortalecer las instituciones democráticas, respetar los derechos humanos, garantizar la libertad de expresión, educar para la convivencia, resolver los conflictos mediante el diálogo y la justicia, y rechazar la violencia independientemente de quién la ejerza o de qué bandera diga defender.

También implica algo más difícil: aprender a convivir con el desacuerdo. Una sociedad democrática no necesita que todos pensemos igual. Necesita que podamos pensar diferente sin dejar de reconocernos como ciudadanos con los mismos derechos.

Los estudiantes de la Noche de los Lápices, las víctimas de la violencia política y tantos otros hombres y mujeres que sufrieron persecución o muerte forman parte de una historia que no debería utilizarse solamente para dividirnos. Su recuerdo puede servirnos para construir una pregunta común: ¿cómo hacemos para que ninguna diferencia política vuelva a considerarse una razón para eliminar al otro?

Quizás ahí esté una de las tareas más importantes de la memoria. No recordar el pasado para vivir atrapados en él, sino conocerlo para no repetir sus peores mecanismos.

Porque una democracia se construye todos los días. Y se defiende no solamente cuando estamos de acuerdo con quien gobierna o con quien protesta, sino especialmente cuando debemos reconocer los derechos de aquellos con quienes estamos en desacuerdo.

Recordar es, entonces, mucho más que mirar hacia atrás. Es asumir una responsabilidad con el presente y con las generaciones que vienen: que nunca más la violencia sea presentada como el camino inevitable para resolver nuestras diferencias.

 

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