
Los jóvenes viven preocupados porque el celular se queda sin batería. Compran un power bank, un aparatito que sirve para cargar el teléfono en cualquier lado.
Los viejos, en cambio, tenemos otra versión del “Power Bank”. Es el banco de la plaza.
No importa si es de madera, de cemento o de hierro. Lo importante es que esté libre… y, si puede ser, bajo un árbol.
Uno se sienta diciendo: Cinco minutitos y sigo… Mentira.
Primero hay que acomodar la espalda. Después estirar las piernas. Luego mirar cómo pasan los autos. Saludar a un desconocido. Darle de comer a una paloma que nunca pidió permiso. Criticar mentalmente a los que corren sin necesidad. Y recién ahí… recuperar la batería.
Lo curioso es que el banco carga más que cualquier enchufe moderno. Uno se levanta renovado, con ganas de seguir caminando… aunque sea hasta el próximo banco.
Porque con los años descubrimos una verdad que la tecnología todavía no pudo copiar: descansar también es avanzar.
Así que cuando un nieto hable maravillas de su power bank, el abuelo puede sonreír con tranquilidad y responder:
—Está muy lindo el tuyo… pero el mío tiene respaldo, sombra y a veces hasta conversación gratis.
Y eso, por ahora, no viene con cable USB.


