sábado, septiembre 24, 2022
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Es San Cayetano, uno de los santos más populares

Se lo venera como patrono del pan y del trabajo recibiendo peticiones y gratitudes todo el tiempo. También se lo invoca por la paz familiar y en las fuentes laborales

No solamente se le reza a San Cayetano cada 7 de agosto. Por un santo al que se pide pan y trabajo, sus oraciones son diarias y como gesto de gratitud, cada aniversario se originan las mas fervientes movilizaciones.

San Cayetano nació en Vicenza en el año 1480 hijo de la familia noble Thiene. Se graduó en Padua en derecho con 24 años, se dedicó al estado eclesiástico, sin ser ordenado sacerdote, porque no se sentía digno, fundó en la finca familiar en Rampazzo una iglesia dedicada a Santa María Magdalena, que todavía es la parroquia del lugar en la actualidad, se trasladó a Roma en 1506, y se convirtió inmediatamente en asistente personal del Papa Julio II.

Fue el autor de las cartas papales de la oficina, esto le dio la oportunidad de conocer y trabajar con mucha gente importante, estando en el periodo del esplendor renacentista, donde se ve concentrada en la iglesia católica Romana gran cantidad de artistas, el vaticano era la más bella localidad que el arte podía crear, el vaticano era la admiración del mundo.

Al mismo tiempo, sin embargo, la vida moral de la curia papal, el pueblo y el clero en Roma y en otros lugares cercanos, no brillaban por la santidad de las costumbres. Y fundó los Padres Teatinos, nombre que les viene a Teati, la ciudad de la cual era obispo el superior de la comunidad, Msr. Caraffa, que después llegó a ser el Papa Pablo IV, comunidad de sacerdotes que se dedicaran a llevar una vida lo más santa posible y a enfervorizar a los fieles.

A los 33 años fue ordenado sacerdote.
El respeto que tenía por la Santa Misa era tan grande, que entre su ordenación sacerdotal y su primera misa pasaron tres meses, tiempo que dedicó a prepararse lo mejor posible a la santa celebración.
En Roma se inscribió en una asociación llamada “Del Amor Divino”, cuyos socios se esmeraban por llevar una vida lo más fervorosa posible y por dedicarse a ayudar a los pobres y a los enfermos.
San Cayetano le escribía a un amigo: “Me siento sano del cuerpo pero enfermo del alma, al ver cómo Cristo espera la conversión de todos, y son tan poquitos los que se mueven a convertirse”. Y este era el más grande anhelo de su vida: que las gentes empezaran a llevar una vida más de acuerdo con el santo Evangelio.
Y donde quiera que estuvo trabajó por conseguirlo.
En ese tiempo estalló la revolución de Lutero que fundó a los evangélicos y se declaró en guerra contra la Iglesia de Roma. Muchos querían seguir su ejemplo, atacando y criticando a los jefes de la santa Iglesia Católica, pero San Cayetano les decía: “Lo primero que hay que hacer para reformar a la Iglesia es reformarse uno a sí mismo”.
San Cayetano era de familia muy rica y se desprendió de todos sus bienes y los repartió entre los pobres. En una carta escribió la razón que tuvo para ello: “Veo a mi Cristo pobre, ¿y yo me atreveré a seguir viviendo como rico?” Veo a mi Cristo humillado y despreciado, ¿y seguiré deseando que me rindan honores? Oh, que ganas siento de llorar al ver que las gentes no sienten deseos de imitar al Redentor Crucificado”.
En Nápoles un señor rico quiere regalarle unas fincas para que viva de la renta, junto con sus compañeros, diciéndole que allí la gente no es tan generosa como en otras ciudades. El santo rechaza la oferta y le dice: “Dios es el mismo aquí y en todas partes, y El nunca nos ha desamparado, si siquiera por un minuto”.
Fundó asociaciones llamadas “Montes de piedad” (Montepíos) que se dedicaban a prestar dinero a gentes muy pobres con bajísimos intereses.
Sentía un inmenso amor por Nuestro Señor, y lo adoraba especialmente en la Sagrada Hostia en la Eucaristía y recordando la santa infancia de Jesús. Su imagen preferida era la del Divino Niño Jesús.
La gente lo llamaba: “El padrecito que es muy sabio, pero a la vez muy santo”.
Los ratos libres los dedicaba, donde quiera que estuviera, a atender a los enfermos en los hospitales, especialmente a los más abandonados y repugnantes.
Un día en su casa de religioso no había nada para comer porque todos habían repartido sus bienes entre los pobres. San Cayetano se fue al altar y dando unos golpecitos en la puerta del Sagrario donde estaban las Santas Hostias, le dijo con toda confianza: “Jesús amado, te recuerdo que no tenemos hoy nada para comer”. Al poco rato llegaron unas mulas trayendo muy buena cantidad de provisiones, y los arrieros no quisieron decir de dónde las enviaban.
En su última enfermedad el médico aconsejó que lo acostaran sobre un colchón de lana y el santo exclamó: “Mi Salvador murió sobre una tosca cruz. Por favor permítame a mí que soy un pobre pecador, morir sobre unas tablas”. Y así murió el 7 de agosto del año 1547, en Nápoles, a la edad de 67 años, desgastado de tanto trabajar por conseguir la santificación de las almas.
En seguida empezaron a conseguirse milagros por su intercesión y el Sumo Pontífice lo declaró santo en 1671.
Desde entonces, se le reza y venera con devoción, ya que concede peticiones y recibe con alegría las devoluciones de gratitud.

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