Ante un nuevo aniversario del Colegio San Agustín escribe uno de sus fundadores

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Durante este presente agosto, el Colegio San Agustín está cumpliendo un nuevo aniversario. Se trata del 56 cumpleaños. Es que San Agustín se celebra el próximo 28.

Ante este trascendente suceso, y teniendo presente que a fines del año pasado visitara Nueve de Julio Juan Carlos Moreno (ver CN http://www.cadenanueve.com/2018/12/28/juan-carlos-moreno-recordo-el-espiritu-con-que-se-fundo-el-colegio-san-agustin-hace-55-anos/ ), uno de los fundadores del instituto de la congregación de los Hermanos Marianistas, en este informe él mismo, repasa con claridad y vivencia aquellos momentos sobre el compromiso asumido para que el Colegio San Agustín sea una realidad. Después de muchos años, nos hace llegar a través de un ex alumno, el también pionero, Jorge Guerriere, como alumno de aquellos años, esos recuerdos que se convierten en un documento histórico vivido y fresco, que seguramente las autoridades actuales del colegio sabrán atesorar.

Actualmente en Texas, Juan Carlos Moreno está retomando las clases en este agosto sobre literatura española y latinoamericana entre otros cursos, que brinda, en una Universidad.

El mensaje completo es el siguiente:

“Moreno, lo siento. Tiene que ir a Nueve de Julio”. Era el padre Juan Ramón Urquía. Regresaba de Chile tras  el capítulo provincial donde se decidía, entre otros asuntos, el posible cambio de comunidad de algunos hermanos marianistas. Yo iba hacia la capilla, en el segundo piso del colegio de Buenos Aires. Por las ventanas abiertas en el caluroso mes de diciembre, oí al padre Urquía que me lanzaba la frase desde el patio. No pude concentrarme en los rezos de esa tarde, antes de ir a al refectorio para la cena. ¿Por qué habrá dicho “lo siento”?  ¿Tan terrible será ir a Nueve de Julio”.  Quizás pensaba Urquía que yo estaba muy a gusto en el colegio de Buenos Aires (lo que era cierto) y que iba a incomodarme  tener que partir hacia otro destino. La verdad es que no lo sentí enormemente. Como religioso debía  obediencia a los superiores. Sentía tener que dejar la comunidad, los alumnos, el colegio. Pero no significaba un trauma insuperable.  Además me hacía mucha ilusión poder participar en la fundación de un nuevo colegio.

A 260 km al Oeste de Buenos Aires, la ciudad de Nueve de Julio, tenía entonces unos 32.000 habitantes. En plena pampa húmeda, era una región agrícola y ganadera por excelencia,  en línea directa hacia la región oeste del país, fronteriza con Chile. Después de los primeros trámites del obispo de Nueve de Julio, Monseñor Herrera, su sucesor,  Mgr. Quarracino, firmó un acuerdo con los marianistas en 1962, para fundar un colegio de varones con internado, en unos viejos locales que habían sido, entre otras cosas, sede del obispado.  El colegio podría funcionar como centro educativo para la zona noroeste de la Provincia de Buenos Aires. Dado que las aulas no estaban todavía disponibles, los alumnos se inscribieron en el Colegio San Agustín (santo patrono de Mgr. Agustín Herrera) pero asistieron ese año a las clases en el colegio femenino de las Hermanas de Jesús Sacramentado. Finalmente, el 7 de enero de 1963 la nueva comunidad marianista tomaba posesión oficial de las instalaciones: don Fermín Fernández, director, padre Ángel Rojo, capellán, y los hermanos Lorenzo Aspe, Martín Rivas y Juan Carlos Moreno. Las aulas estaban casi terminadas pero quedaba todavía mucho por hacer para adecuar dignamente las instalaciones. Gracias al trabajo y la dirección de Aspe se fueron pintando paredes, puliendo suelos, preparando las salas de clase y adecuando el dormitorio y el comedor para los internos.

A pesar del intenso trajín, se tuvo que aplazar quince días, hasta el 18 de marzo, el inicio del curso escolar de 1963. Se habían inscrito un total 83 alumnos, en tres divisiones de primaria (4º, 5º y 6º grados), y dos de secundaria (ler y 2º año). De ellos 26 eran pupilos. En la distribución de funciones escolares, el padre Rojo se encargaba de matemáticas y ciencias, Aspe de Geografía, Historia y Botánica y Rivas de 5º grado. Además de los internos, yo quise encargarme de dar castellano en 6º grado y ler y 2º año, para tener contacto directo con la mayor parte de los alumnos. Completaban el cuerpo enseñante  varios profesores y profesoras laicos que daban clases en otros colegios de la ciudad.

Fue un primer año bastante duro, con unas instalaciones deficientes. Todo era muy rudimentario. Sólo había  un baño con ducha de agua caliente y en invierno se pasaba un frío enorme. Yo tenía que dormir con gorro de lana y cuando me despertaba por la noche sentía las capas de aire helado que descendían desde el techo. Pero nada de eso nos hacía infelices. Teníamos el reto de que estaba todo por hacer. Y todo, quería decir todo. Eso nos llenaba de ilusión. Organizada la parte académica, había que intentar impregnar al nuevo colegio del  espíritu marianista. Don Fermín, con su larga experiencia, se encargaba de la dirección, del economato y de los Padres de familia. El padre Rojo, duro en clase como solían ser los profesores de matemáticas, era el primero en consolar y alentar a los alumnos. El vasco Aspe era el prototipo de profesor marianista: enérgico y disciplinado en clase pero abierto y siempre listo para lo que fuera cuando finalizaban los deberes escolares. Su proverbial brusquedad llena de afecto era un encanto para los mayores y una diversión para los pequeños.  No había problema que Aspe no solucionara enseguida  y a todos los enfermos curaba con una aspirina y bicarbonato.  Era un profesor muy querido y respetado por los alumnos, y un ejemplo dentro y fuera del colegio. Rivas llevó bien a los alumnos de quinto grado y regresó a España finalizado el curso.

“Haga todo lo que quiera menos…”

Responsable de los pupilos y encargado de las actividades extraescolares, asumí con entusiasmo el nuevo desafío que se me presentaba a mis 23 años: contribuir para hacer del San Agustín un colegio marianista. La enseñanza, las clases eran sólo un parte de nuestra misión. Teníamos también que educar, inculcar en los alumnos una serie de valores humanos y cristianos. Con varios proyectos en mente, me presenté ante nuestro director. Cuando don Fermín empezó a escucharme, me cortó en seco: “Mire, Moreno, haga lo que quiera…menos pedirme dinero”. Y así fue. Nunca tuve que pedirle apoyo monetario pero  siempre gocé de absoluta libertad para organizar las actividades extraescolares a mi gusto. Con el aporte de todos, con alguna que otra rifa y con el beneficio de algún que otro evento pudimos lograr los fondos para organizar, ya desde el primer año, una serie de actividades con los alumnos. Tengo que reconocer también que tuve el apoyo incondicional de padres y madres de alumnos. Se portaron de manera extraordinaria. Siempre acudían en nuestra ayuda y apoyaban todo lo que hacíamos. Estaba claro que éramos unos profesores diferentes, que no buscábamos nada para nosotros mismos, que nuestra misión, como religiosos educadores, era colaborar en el mejor desarrollo intelectual, humano y cristiano de sus hijos.

El deporte fue desde el inicio uno de mis principales objetivos. Aparte de las clases, los alumnos debían sentir la escuela como la prolongación de sus hogares, como un lugar seguro para divertirse entre amigos. Comencé organizando un campeonato interno de fútbol, de cinco contra cinco, en el patio del colegio los sábados por la mañana, de 9 a 12. En un amplio mural aparecían todos los datos sobre los partidos, fechas, resultados y curiosidades. Por cierto que para poder jugar en el patio del colegio tuvimos que sacar un árbol que impedía formar el imprescindible rectángulo para una pequeña cancha de fútbol. En cada extremo, dos hermosos árboles  servían de portería pero había uno dentro del terreno que molestaba enormemente. Bajo la dirección de Aspe, se cortó el árbol y se cavó una profunda fosa circular para poder desalojar las enormes  raíces. El padre del alumno Fons mandó a un empleado del ayuntamiento con un tractor y se llevó un monumental bloque de raíces y tierra, entre el aplauso y alboroto de los alumnos. Se rellenó el foso y ya teníamos una canchita de tierra donde disputar apasionados encuentros de fútbol. Como ocurría en el colegio de Buenos Aires, los alumnos comenzaron pronto a sentir el colegio como su segundo hogar. Frecuentemente los padres nos repetían un tanto sorprendidos: “Antes era una lucha hacer que nuestro hijo fuera a la escuela, ahora no hay quien lo saque del colegio”.

Fijamos  el 28 de agosto, fiesta de San Agustín, como el día del colegio. Organizamos diversos juegos, en especial  con bicicletas. Desde el primer día de clase, las bicicletas inundaban un extremo del enorme patio del colegio, cerca del portón de entrada. Era el principal medio de locomoción para los alumnos. No era raro pues que hicieran virtuosismos encima de las dos ruedas. Así que organizamos una carrera de obstáculos con bicicletas, en diversas categorías. Tuvimos un primer y único susto, nada más empezar la competición de los pequeños, cuando Daniel Pilegi se cayó de la bici y sufrió un leve desmayo. Por suerte teníamos a mano los primeros auxilios de Aspe y el incidente no pasó a mayores. El cuidado de los alumnos fue siempre una gran responsabilidad para nosotros.  A través de un micrófono y altoparlantes dirigíamos y animábamos la competición en la que, por activo o por pasivo, participaban casi todos los alumnos  La jornada comenzó con una misa de acción de gracias y terminó con una película gratis en el cine,  simpático gesto  de su dueño,  Marcos Marenco.

El Club San Agustín

Como en toda Argentina, el fútbol era también el deporte rey en Nueve de Julio. En cualquier rato libre se ponía en movimiento una pelota y se enzarzaba una competencia entre grupos más o menos numerosos. Formamos un equipo del colegio para jugar partidos amistosos y siempre teníamos alguna competición en perspectiva. Pronto observé que algunos alumnos formaban parte de equipos  que participaban cada semana en el torneo oficial de la Liga de fútbol de Nueve de Julio. La idea de constituir un club con los alumnos del San Agustín me vino en seguida a la mente. Sería la ocasión para que los alumnos siguieran formando parte de la gran familia, incluso cuando tuvieran que competir fuera del colegio. Una vez más había que empezar de cero pero emprendí la tarea con el mayor entusiasmo.

Acudí para informarme del asunto  a la sede de la Liga, ubicada en una especie de buhardilla en un  primer piso de una calle del centro, entre un cine y el Bar Chiche,  adonde se subía por una empinada  escalera de madera.  No era difícil la admisión a la Liga: bastaba con establecer unos estatutos, formar una junta directiva e inscribirse para las competiciones. Julio Barcia me recomendó a su tío abogado, relacionado con el club Atlético, quien me facilitó un ejemplar de los  estatutos de su club. Me sugirió que simplemente los adaptara  con las pertinentes modificaciones. Así lo hice, haciendo hincapié en el espíritu de equipo, en el compañerismo y el respeto al contrario… en fin, en esa serie de virtudes humanas que deben ser la norma y guía de un buen deportista.

¿Y el nombre? Desde el primer momento quise que el club de fútbol  fuera una ampliación natural del colegio San Agustín, de su espíritu marianista, de sus alumnos. Quería pues que se llamara Club San Agustín. Pero cuando se lo dije al secretario de la Liga su  primera reacción fue negativa: “No es posible. No se admiten nombres de santos para los equipos”. Me explicó que, por los estatutos,  la Liga de fútbol tenía que estar  al margen de la religión y de la política. Por un momento me invadió la frustración. Pero no tardé mucho en reaccionar. Sin duda el Obispo de Hipona, patrón del colegio, me iluminó en ese momento. Pregunté de manera contundente: “¿Por qué entonces existe el club San Martin, aquí en Nueve de Julio, o el San Lorenzo en Buenos Aires?”.  El secretario puso cara de sorpresa como diciendo “Ahí va. Pues es cierto”. El tema quedó zanjado. El nuevo club llevaría el nombre de San Agustín.

Estaba después el tema de la junta directiva. Yo había ido conociendo a los padres de los alumnos y me llevaba  bien con todos, pero contactarlos individualmente para explicarles la idea y pedir el apoyo necesario se me hacía un trámite largo y complicado. Pensé entonces aprovechar la junta que se había constituido para la Asociación de Padres de Alumnos.  Fui a ver a su presidente, el Dr. Maldonado,  y no tuvo ningún problema en apoyarme.  “Ha conseguido Ud. lo que ningún político ha logrado en la historia de Nueve de Julio: juntar en la misma mesa directiva a exponentes de las más diversas tendencias “. Esa fue la reacción del  presidente de la Liga, Sr. Zabala, cuando le presenté la lista de las personas que formaban la Junta directiva del Club San Agustín:  Maldonado, Fons, Aguilar, Pilegi, Del Fabro, Sendoya, Castro, Capriroli, Báncora, Molina, Martos y Tabbita. Allí estaban representadas las fuerzas vivas  de la ciudad y de varios clubes de Nueve de Julio.

La cancha para disputar los encuentros era otro asunto espinoso. Ya no se trataba de reunir a los jugadores  en un descampado para patear la pelota y meter goles entre dos montones de ropa. Había que disponer  de un campo reglamentario,  bien señalizado, provisto de  vestuario y demás facilidades. El Sr. Del Fabro era el presidente y  el Sr. Pilegi el secretario  del club Once Tigres, ambos con hijos en el colegio. En varias ocasiones nos habían prestado la cancha para jugar partidos entre los alumnos.  Se me ocurrió proponerles que nos alquilaran la cancha para poder disputar allí los partidos oficiales del San Agustín, en las fechas en que  ellos jugaran de visitante contra otro club.  Problema resuelto. Nos cedían la cancha y no teníamos que abonar nada; apenas la propina al cuidador del estadio cada vez que lo usáramos.

Elegir los colores del equipo tampoco fue difícil. Viajé a Buenos Aires y conversé con la persona que abastecía al colegio de material deportivo. Le dije que no quería ningún color o estilo de camiseta que se pareciera a la de algún club ya existente en Argentina o en otro país para no identificarnos con nadie. Me decidí por el color burdeos, con cuello y manguitos blancos para la camisa y las medias;  blanco para el pantalón pues era más fácil de conseguir, ya que todos los alumnos lo usaban para hacer gimnasia. Finalmente el equipo resultó adecuado al estilo del colegio: sencillo pero con personalidad. Después de examinar diferentes tipos de escudos de otros clubes, compuse  uno para el Club San Agustín.

Y comenzó el campeonato del año  1964. Participábamos en Quinta división (hasta los 15 años) con un equipo completo de alumnos del colegio y en Cuarta (hasta 17) con ayuda de algunos jugadores amigos, porque no teníamos suficientes para completar el equipo de once. A partir de entonces, la jornada del sábado tomó un nuevo y emocionante cariz para el colegio. A la una de la tarde empezaban a jugar los de la Quinta y después venían los mayores. Siempre teníamos una hinchada asegurada con los compañeros de clase, los pupilos, algunos padres de alumnos y amigos. Hasta el padre Rojo se animaba a acudir, se enojaba por  una mala jugada y se alegraba como el que más por los goles de nuestro equipo.  La consigna para los jugadores era sencilla: hay que divertirse, hay que esforzarse por ganar pero hay que aceptar la derrota, hay que jugar en equipo  y, sobre todo, hay que comportarse dignamente en la cancha. Ningún jugador del San Agustín fue expulsado nunca por mala conducta deportiva. En cuanto a las tácticas propiamente dichas de fútbol,  yo no tenía mucha idea. Sólo podía decirles lo fundamental: jueguen  la pelota, metan goles y diviértanse.

Desde el comienzo del campeonato vi que acudía a los partidos un señor con su hija pequeña y se colocaban siempre detrás de nuestro arco. Me dijeron que era el Sr. Aperlo, un aficionado al fútbol que había sido una gran figura en el campeonato local. Su hijo estaba en el colegio y  jugaba en la Quinta. Le propuse  que me ayudara para dirigir técnicamente a los dos equipos. Aceptó enseguida gustosamente y desde entonces nos entendimos a la perfección. Yo acudía los viernes por la tarde a la farmacia donde trabajaba. Formábamos  el equipo con los jugadores disponibles, analizábamos al contrincante de turno, me daba alguna consigna táctica para transmitir a los muchachos y al día siguiente nos veíamos en la cancha.

En esos dos primeros años, el Club San Agustín dio enormes alegrías a mucha gente. Vivimos juntos momentos emocionantes y se creó un espíritu del San Agustín, mera prolongación del colegio. Todos seguíamos  apasionadamente los encuentros de la liga, gozando y sufriendo con los jugadores, como cuando nuestro número 2, Strapini, cometió una mano dentro del área chica, apenas comenzado el partido contra  uno de los rivales fuertes de la Cuarta. Con paciencia y buen juego terminamos ganando por 2 a 1, pero qué mal lo pasamos… Había un réferi con fama de borrachín que, suponíamos, pitaba siempre en contra de nosotros. Cuando le tocaba arbitrar, había que multiplicar los consejos a los jugadores para que no se alteraran y simplemente jugaran a fútbol.  Al fin y al cabo, el réferi era el juez indiscutible en la cancha y había que respetarlo. Otra curiosa situación se presentó un sábado  cuando  los nuestros ya estaban por salir a la cancha y el réferi  nos dice que no podían jugar con la camiseta que traían puesta. El color burdeos era parecido al del equipo local, que era rojo, y eso no estaba permitido para evitar la confusión. Con los pocos medios con que contaba, había comprado sólo una serie de 11 camisetas, ni siquiera para a suplentes. No se me había ocurrido que pudiera presentarse una situación semejante.  Finalmente, prueba de que éramos bien apreciados, el entrenador del equipo contrario nos prestó  sus camisetas de reserva que eran de color verde. Así pudimos jugar aquel partido que, lamentándolo mucho, terminamos  ganando por 3 a 1.

Un sábado que jugaban los de la Quinta, se me acercó a saludar uno de los dirigentes del otro equipo. Después de charlar un rato y viendo jugar a los del  San Agustín me dijo: “Señor, se ve que sus muchachos están bien alimentados”. Comentando esta frase con los alumnos, les hice reflexionar sobre la privilegiada situación de sus familias; debían estar agradecidos y debían sentir respeto y nunca menosprecio por los que el destino hizo que vivieran en condiciones  desfavorables.

Sin duda la situación más emocionante la vivimos en  el partido final del campeonato de  la Cuarta, en un sábado de noviembre de 1965. Era el último encuentro de la liga. Estábamos empatados a puntos con otro equipo. Solamente ganando quedábamos campeones; no valía el empate y menos la derrota. Nos tocaba jugar contra Once Tigres en su cancha, que también era la nuestra.  La gente decía que Once Tigres se iba dejar ganar por la estrecha relación entre los dos clubes. Opinaban  que el partido iba a ser puro trámite. Pero no contaban con el orgullo “profesional” y la autoestima del arquero de Once Tigres: Julio Barcia, alumno del San Agustín y amigo de todos nuestros jugadores. Ese día Barcia paró como nunca lo había hecho antes ni lo haría jamás; no había manera de hacerle un gol. La delantera de Once Tigres apenas llegaba a nuestro arco pero resultaba imposible derrotarlos. En el descanso pedimos calma y paciencia a los nuestros. Verían que iba a llegar el gol porque dominábamos el encuentro… pero no llegaba y estábamos perdiendo el campeonato.  A varios minutos del final pitan una falta a favor nuestro, apenas a unos centímetros fuera del área grande, frente a  la parte izquierda del arco defendido por el tigre Barcia. Yo estaba, como siempre, caminando a lo largo de la línea lateral, siguiendo de cerca todos los movimientos del equipo. Mientras iba a recoger la pelota, Del Fabro me lanzó casi una orden: “Señor, déjeme que yo lo tire”. Abel no era necesariamente el mejor del equipo para lanzar ese tipo de faltas, pero me miró con tal convicción que asentí con un gesto, deseándole al mismo tiempo la mejor suerte del mundo. Del Fabro lanzó un punterazo y el esférico  se coló por la escuadra izquierda del arco contrario con tal fuerza que la estirada de Barcia fue inútil.  Ese gol significó la apoteosis de un emocionante encuentro. Felicité a los muchachos y, por supuesto, también a Barcia que había estado a la altura, defendiendo su arco con orgullo.

Habíamos hecho el doblete en la Liga de 1965. Ganamos en Quinta división fácilmente, casi invictos, y también en Cuarta sudando la camiseta después de aquel memorable encuentro.  Ese sábado de noviembre había  acudido mucha gente a la cancha, sobre todo alumnos del colegio, padres  y amigos. Desde Once Tigres se inició una larga fila de autos cargados con gente bulliciosa. Recorrimos el centro de la ciudad hasta llegar al colegio donde festejamos el triunfo: un triunfo de la dedicación y el entusiasmo de todos. Porque cada jugador, con su estilo y en su puesto, nos había hecho vibrar y emocionar.  Me sentí  orgulloso de los muchachos: de su comportamiento, de sus esfuerzos, de las alegrías que habían  proporcionado a los demás.

La rebelión de los esclavos

“Señor, este año tenemos que participar en la cabalgata”. Anualmente, los estudiantes de los diferentes colegios de la ciudad organizaban un desfile de carrozas en el Día del estudiante. Era un juego de competencia entre los colegios para ver quién se ganaba un trofeo, presentando la mejor carroza, en un desfile por el centro de la ciudad, ante el público local y de otros pueblos.  Me resultaba difícil imaginar una carroza de grandes proporciones. No teníamos los medios ni contábamos con  alguien que pudiera realizar materialmente la obra. Después de darle vueltas al asunto pensé que, dadas las circunstancias,  lo mejor era ofrecer un espectáculo, una exhibición en la que la carroza fuera una de las partes y no la única parte.

La invasión de España por los musulmanes, en el año 711, podía ser un lindo tema y permitiría que participaran todos los alumnos del colegio que quisieran. Con apenas una sábana  y un turbante blancos  resultaba fácil disfrazarse de árabe. Los alumnos de primaria (4º, 5º y 6º grados) se presentarían en formaciones,  separadas por artefactos de madera con ruedas imitando lanzapiedras contra murallas.  Los alumnos de secundaria formarían la caballería árabe con sus hermosos corceles. Como carroza, se imitaría la proa de un barco velero dónde estaría el alumno que más pinta tenía de moro: Ricardo  Tabitta.  Iba a aparecer con turbante, alfanje y borceguíes, con un feroz tigre disecado a sus pies y mirando al horizonte de la España que iba a conquistar, mientras ondearía la medialuna en la vela  triangular de su barco. Presenté el plan a los alumnos mayores que aceptaron enseguida. También a las esposas de los miembros de la Asociación de Padres del colegio, para que me ayudaran con el vestuario.  Les costó enorme trabajo confeccionar la vela, pero también se divirtieron con los preparativos.  Mi hermano marianista, Rafael Morales, grabó la música de la película Lawrence de Arabia y se puso al micrófono en el palco de autoridades, comentando el desarrollo de la espectacular escenificación:   cruzaba a galope delante de la tribuna la hija del conde don Julián, supuestamente  maltratada por el rey visigodo don Rodrigo, y se dirigía al extremo de la plaza donde estaba el ejército moro, esperando tener un pretexto para invadir España. La rítmica música de la película dio la señal de partida para el avance del ejército árabe. En principio, Strapini y otro compañero debían avanzar por ambos lados de la calzada marcando con un bombo el paso  de la tropa. Sin embargo, el nervioso Jorge comenzó a dar unas zancadas tan largas que ya estaba a una cuadra de distancia cuando apenas se había puesto en movimiento la masa invasora. Tres soldados árabes abanderados (Coto, Castro y Baztarrica) iban en la vanguardia montados en sendos caballos. Les seguían los tres pelotones de soldados rasos de las clases de primaria. Entre cada pelotón, se movían las máquinas de guerra tiradas por esclavos. Aparecía luego el amenazante barco cruzando las aguas del Estrecho de Gibraltar y cerraba el desfile la caballería musulmana de llamativos colores.

Antes de que desfilara el colegio San Agustín, había pasado delante de la tribuna y del público la carroza del Colegio Nacional. Era una linda carroza que representaba a una esfinge egipcia que llevaba en su frente a la célebre Cleopatra, una chica primorosamente vestida. La carroza iba tirada por una fila doble de esclavos. La verdad es que como carroza alegórica estaba bien hecha, pero quedaba en poca cosa comparada con lo que fue el despliegue de la invasión musulmana de España: un espectáculo de movimiento, música, dramatismo y emoción.  Después de deliberar un rato, el jurado iba a dar los resultados del concurso.  Por los altoparlantes se oyó el nombre del Colegio Nacional. Entonces los alumnos de dicho colegio exaltaron de alegría pero… pero no habían terminado de escuchar al locutor decir que se les concedía el SEGUNDO PREMIO.  Tras unos momentos de expectación y silencio, el locutor anunció que el primer premio lo había conseguido el colegio San Agustín con su “Invasión a España por los árabes”.  Y allí se armó la de Troya.  Inmensa alegría de unos, gritos de protesta  de otros. Mientras tanto, tres miembros de la caballería musulmana se adelantaron con sus alazanes para recibir el trofeo ante el aplauso del público. El  asunto dio mucho que hablar. Al día siguiente, uno de los diarios locales publicó un artículo de protesta bajo el título “La rebelión de los esclavos”. Según su autor,  el jurado le había robado el premio a Cleopatra, y sus esclavos protestaban por la injusticia. Durante varios días el asunto acaparó conversaciones y cotorreos de la muchachada de Nueve de Julio. Felizmente, nadie del  colegio tuvo nada que ver con la decisión del jurado y a todo el mundo le gustó la exhibición del San Agustín. Por lo que supe, al año siguiente no hubo concurso ni cabalgata.

Primera Guitarreada Marianista

Desde que pisé suelo argentino, en 1958, me enamoré de su música folclórica. Me encantaban sus ritmos, sus melodías, las letras de sus canciones con referencia a la vida, el amor, el campo, la naturaleza, el indio, las injusticias… Era la época de Atahualpa Yupanqui, los Chalchaleros, los Fronterizos y tantos otros grupos folclóricos. Ya en Buenos Aires, a través de los discos, los enormes LP, iba sacando las letras de las tonadas que mas me atraían. Completaba después el repertorio con los cancioneros juveniles. Así fui formando un elenco de agradables canciones que enseñaba a los alumnos y que repetíamos incansablemente en excusiones, días de fiesta y cualquier ocasión que nos permitía estar juntos con ganas de pasarlo bien.

En Nueve de Julio la afición por el folclore era quizás más intensa que en la capital. Los temas, las letras, iban de acuerdo con el ambiente pampeano en el que vivíamos.  Pensé entonces que sería interesante organizar una guitarreada con alumnos, familiares y amigos del Nueve, y de paso sacar fondos para el Club San Agustín. Pedí colaboración a Buenos Aires y acudieron solícitos en mi ayuda. El padre Galiano organizó a un grupo de padres de familia y de alumnos del colegio dispuestos a participar en el evento. Los padres establecerían una relación directa con los de San Agustín y a los jóvenes se les ofrecía una ocasión para salir de Buenos Aires y conocer un ambiente diferente. Faltaba buscar un local presentable y que no fuera muy caro. Como otras veces, conversando con alumnos, padres y sus respectivos contactos, conseguimos  que nos dejaran un salón del club Libertad. Tuvimos que llevar sillas de varios lugares y adecentar el local que no utilizaban desde hacia tiempo.  Llego el autobús de Buenos Aires  y comenzamos la fiesta a la hora prevista.  Como siempre que organizaba un evento, la principal preocupación era que todo saliera bien, mientras gastaba mis últimos nervios en los menores detalles.  Al ir presentando  los primeros números me entró el temor de que íbamos a acabar muy  pronto el espectáculo y que la gente se iba a aburrir. Resultó todo lo contrario. Fue una linda fiesta con diversas interpretaciones musicales, charadas, danzas y mucha diversión.

Recuerdo en especial a una pareja de alumnos de Quinto de Buenos Aires que interpretaron dos de las canciones de moda en el momento, el Alazán y la Jangada, que entusiasmaron al público de niños, jóvenes y familias. También actuaron con éxito las alumnas de una escuela de danza española que dirigía la hermana de un alumno del colegio. Hubo además imitaciones, chistes y canciones. El autobús con los bonaerenses partió de regreso y nosotros seguimos un rato más. Tan a gusto estábamos  que comenzaron a actuar voluntarios y nadie se quería ir a casa. Al año siguiente celebramos la Segunda Guitarreada Marianista ya en el colegio, en el patio interior, iniciando una tradición que no se si perduró. En todo caso, las dos primeras fueron un éxito y todo el mundo disfrutó de la fiesta.

Entre La Falda y San Carlos

Cuando  mejor se conocía a los alumnos y más se podía influir en ellos, con el ejemplo y un buen consejo en el momento oportuno, era fuera del ambiente escolar. Los padres se alternaban invitando a compañeros de sus hijos a sus casas en el campo para sabrosos asaditos y otras veces organizábamos excusiones o paseos a diferentes lugares. Pero la gran partida ocurría en el verano. El primer año fuimos con un grupo a la colonia de vacaciones que tenían los marianistas en La Falda, en la sierra cordobesa. En un antiguo hostal reacondicionado, frente a un riachuelo que alimentaba un pequeño embalse, pasamos un agradable mes de enero. Allí coincidimos con alumnos de Buenos Aires,  ex alumnos míos, y el entendimiento fue excelente entre ambos grupos. Juegos, campeonatos, paseos a caballo y horas de diversión en el embalse ocupaban los días en el agradable clima de la sierra. La jornada culminaba por la noche con chistes, canciones y pantomimas alrededor el fuego. Pudimos asistir un día al famoso Festival folclórico de Cosquín. Como me señaló días atrás Roberto Castro, esa noche la revelación del festival fue nada menos que Jorge Cafrune interpretando “Zamba de mi esperanza”. ¡Qué hermosa noche! Otra tarde los nuevejulienses fuimos a merendar con la familia Sendoya que había alquilado un chalet cerca de nuestra colonia y también nos largamos cantando melodías del momento.

Los dos veranos siguientes el objetivo fue Bariloche. La primera vez que acudimos el viaje fue una odisea. En esa época los ferrocarriles argentinos ponían un tren especial para que viajaran los estudiantes a precios módicos, denominado el tren “mochilero”. Era un tren de los antiguos, alimentado con carbón, sin la más mínima comodidad, muy ruidoso y con asientes de madera. Tampoco era muy fiable. Viajamos de Nueva de Julio a Buenos Aires dispuestos a emprender la marcha el día señalado y nos anuncian, ya en la capital, que la salida se atrasaba dos días a causa de una huelga. Después, dos días más. Total, tuvimos que esperar una semana la partida de dicho tren. Felizmente teníamos el colegio marianista de Rivadavia, vacío de alumnos por las vacaciones. En colchonetas y con la ayuda de los marianistas pudimos “acampar” en el gimnasio y utilizar sus facilidades para el aseo. Finalmente emprendimos el cadencioso viaje en tren, con el jolgorio de cientos de estudiantes de diversos colegios bonaerenses con ganas de diversión. Teníamos que hacer una  parada de una hora en Bahía Blanca para repostar agua. Al final transcurrimos allí casi el día entero, sin movernos de la estación porque el tren podía partir de un momento a otro, avisando apenas con un largo silbido. Varias familias hicieron el viaje de unas horas en auto,  desde Nueve de Julio hasta la estación de Bahía Blanca, para saludar a sus hijos y se divirtieron con el ambiente festivo del increíble tren mochilero. Tardamos dos días en llegar a Bariloche durmiendo una noche en el tren, cada uno donde podía: en  los bancos, en el suelo y hasta en el portaequipajes los más livianos. Pero llegamos y el contraste del paisaje que nos ofrecía San Carlos, en comparación con las llanuras de la  pampa que habíamos dejado atrás, nos hizo olvidar todas las penurias del viaje. Las montañas nevadas de la cordillera andina, los bosques profundos y misteriosos, los apacibles lagos azules, las noches estrelladas, la quietud y la inmensa paz del paisaje nos llenaron de placer. Ah, y también las piedras. Desde la llegada vi que los del Nueve se pasaban el día tirando piedras a todos lados: al agua, a los árboles, contra las rocas… ¿Qué se traen con tanta piedra? ¿Por qué ese afán por tirar y tirar?” “Señor, es que en Nueve Julio no hay piedras”, me dijo Roberto con cara de evidencia. El segundo año dormimos en tiendas de campaña, en el borde del lago Nahuel Huapí, en el campamento organizado por los marianistas de Buenos Aires. De nuevo pudimos convivir con los alumnos del colegio bonaerense y hacer amistades. En este segundo viaje a Bariloche no tuvimos mayores problemas. Fuimos de nuevo en el “tren mochilero” y nos tocó celebrar Nochevieja atravesando la Patagonia, al compás del ruidoso y festivo tren.

En el tercer año del colegio de San Agustín con la llegada del padre Luis Varela, de Vidal Ochoa como director (reemplazando a don Fermín que fue destinado a Junín), y de Rafael Morales como compañero para compartir las tareas con los pupilos, las clases y demás actividades, el colegio alcanzaba su plenitud. El San Agustín funcionaba impulsado por el espíritu marianista y eso permitió explorar otras experiencias. Por ejemplo, retiros espirituales con los mayores. El monasterio de Santa María de los Toldos era el lugar ideal. A corta distancia de Nueve de Julio, acudimos allí para pasar apenas un día y medio de recogimiento, oración, charlas y completo silencio. Los alumnos respondieron bien y según las encuestas que hicimos tras el retiro, les había dejado huella. Lo peor: el silencio. Lo mejor: el queso. Los benedictinos de Los Toldos procedían de Suiza, de una famosa abadía de St. Gallen, y junto a un acerbo de cosas espirituales habían traído la manera de fabricar un riquísimo queso. Comíamos con los monjes, en una mesa alargada colocada en medio del refectorio. Se observaba silencio, sólo interrumpido por la lectura espiritual de uno de los monjes. Mientras, en la mesa, lo que circulaba ininterrumpidamente de un lado para otro era el famoso queso.

Friburgo

El provincial me había comunicado,  antes de finalizar el curso escolar,  que podía ir a Friburgo, en Suiza, para estudiar teología y ser ordenado después sacerdote marianista. Atrasé el viaje hasta después de enero para poder ir de campamento con los alumnos a Bariloche. Los muchachos no entendían muy bien la situación. “Señor, no se vaya”,  me dijo Coto Maldonado.  “Quédese,  está bien así”. En la congregación marianista, los hermanos teníamos la opción de poder ser sacerdotes. Yo pensaba, al contrarío de Maldonado, que era la culminación de mi entrega religiosa y que siendo sacerdote podía hacer más por los demás. Me había naturalizado argentino, había sido muy feliz allí y pensaba regresar  una vez ordenado. Pero el destino me marcó otro rumbo. Conservo, sin embargo, un recuerdo imborrable de los siete años pasados en los dos colegios marianistas de Argentina y mantengo un grato recuerdo de los marianistas y alumnos con quienes compartí tantos momentos inolvidables.

Para Cadena Nueve, Juan Carlos Moreno