miércoles, septiembre 22, 2021

Crónicas de un cura de pueblo en la Ciudad Eterna

Estos días pasados han sido particularmente intensos para los católicos del mundo entero. La renuncia de Benedicto XVI, un gesto de humildad para muchos, mal comprendida por otros, la espera del nuevo Papa, los nombres de los candidatos que corrían por los distintos medios, y la espera de una comunidad “reunida en la oración”.Facundo Echaniz
El día de ayer, miércoles 13 de marzo, amaneció lluvioso en Roma, un clima bastante común en la ciudad eterna. Todo tenía aspecto de expectación. Por los pasillos de la universidad de San Anselmo los estudiantes caminábamos de un aula a la otra, cambiando de lecciones. Los comentarios se adivinaban y entreoían: ¿Vas hoy a la fumata? ¿Lo elegirán hoy? ¿Será Papa italiano? ¿O tal vez americano o africano? El espacio se llenaba con estas preguntas y suposiciones. La Iglesia esperaba a su pastor.
Por la tarde, a eso de las 17:30 (hora romana), esperábamos una posible fumata, pero nada. El silencio y la expectativa se prolongaban. A las 19 hs., finalizadas las lecciones, muchos deciden ir hacia Piazza San Pietro por las dudas. Otros nos quedamos en el colegio pero nos vinimos enseguida a ver la tele.
19:06. La fumata se hace realidad. Un tímido humo negro inicial da lugar al blanco de la alegría. La Iglesia tenía nuevo pastor!!! No me hice esperar: tomé “las cosas de emergencia”, que tenía sobre la cama en caso de que lo sucedido sucediera: un paraguas, la campera y la cámara de fotos. Por el pasillo muchos estudiantes iban y venían corriendo. La noticia se difundía. Todos salíamos corriendo hacia San Pedro. La gran mayoría de nosotros era la primera vez que vivíamos un acontecimiento de esta magnitud. Estábamos en Roma e íbamos a recibir a nuestro nuevo pastor. Ya de por sí, este hecho, era uno de los regalos más grande que Dios nos hacía.
Salimos a la calle luego de una escalera de 120 escalones. La lluvia bañaba Roma. Algunas campanas se oían a lo lejos pero mucha gente parecía no haberse enterado aún. Monté a la carrera en dirección al río Tiber, el cual atravesé y me interné en la zona del “trastevere”, barrio tradicional de la ciudad, camino obligado para llegar a San Pedro. Muchos compañeros quedaron atrás. Yo corría desesperadamente con un paraguas sin abrir en la mano y el corazón en la otra, con la lluvia del cielo que caía con olor a Espíritu Santo…
Normalmente, caminando se arriba en 35 minutos a la plaza. Yo creo que lo hice en 15. Desesperado intentaba llamar al Padre Diego, sacerdote nuevejuliense, para intentar localizarlo y juntarnos. Lo mismo con otros conocidos. Imposible: las líneas estaban colapsadas… Tenía que acercarme lo más posible a la Basílica en una plaza que ya estaba repleta. No sé como hice pero logré llegar hasta el obelisco que se encuentra justo en el centro de la plaza, lugar en el cual, según la tradición, el apóstol Pedro fue crucificado. Y ahí me planté. Intenté llamar varias veces, el teléfono funcionaba. Sólo pude establecer contactos con mi madre de Argentina, con la cual intercambiamos algunas impresiones y enseguida a cortar y esperar el Papa.
El corazón me latía de manera especial. La gente estaba nerviosa. A mi alrededor un buen grupo de italianos que murmuraba: ha sido un cónclave rápido, seguro se han puesto de acuerdo para elegir un italiano. Mientras tanto en Roma llovía…
Unos minutos pasadas las 8 de la tarde el gran acontecimiento, el cual sin saber aún iba a marcar mi vida como la de tantos argentinos y católicos. El cardenal que sale al balcón con el anuncio del Habemus Papam. Enseguida me apresuro a tomar la camarita de fotos para grabar algo y me doy cuenta que la batería estaba casi descargada, por lo que pude filmar solo un momento.
Y de repente el nombre: Eminentisimo y Reverendísimo Giorgio Mario… No lo dudé, sólo conocía un Jorge Mario. No pasó una milésima de segundo y comencé a gritar desaforadamente: ¡Es argentino! ¡Es Bergoglio! ¡Yo lo conozco! ¡Viva Argentina! Realmente no sabía lo que decía, eran gritos de alegría sin una lógica demasiado racional. Todos los que me rodeaban se dieron vuelta por la magnitud de mis gritos y porque “nadie sabía de quién se trataba”. Es argentino!!! Viva el Papa!!! cotinuaba yo. Por supuesto el aplauso de la gente y la cálida bienvenida.
Yo no lo podía creer… comenzaron a llover mensajes de argentina, de compañeros. Yo no veía a nadie. La gente se miraba entre sí. A lo lejos una bandera argentina se agitaba triunfante sobre la masa internacional de gente que llenaba la plaza. Juro que en ese instante sentí un orgullo nacional que jamás había sentido en mi vida: sentía los ojos del mundo sobre nosotros. Resonaban con fuerza en mis oídos aquellas gloriosas palabras de nuestro himno nacional: ¡Y los libres del mundo responden al gran pueblo argentino salud! La Iglesia tenía Papa, y era argentino, era “nuestro” Papa, y lo ofrecíamos orgullosos al mundo.
Me imaginé por un instante a todos mis compatriotas “en la otra parte del mundo”, tan lejanos y tan cercanos en aquel momento. Me imaginé a los argentinos, tan sufridos en estos tiempos, tan ultrajados, tan cansados, tan desanimados, por un momento levantar la cabeza y recuperar su dignidad, decir con orgullo aquí estamos, sí, es uno de los nuestros… Hoy el mundo nos miraba y nos sonreía. Hoy muchos estarían obligados al menos a buscar en el mapa y ver dónde se encuentra Argentina…
Y después de un rato la salida al balcón, lo que todos vimos: esa figura humilde, pequeña, la simplicidad de su saludo, su inclinación para recibir la bendición del pueblo. Ahí estaba: Francisco I, el nuevo Pastor de la Iglesia universal. Por primera vez un latinoamericano, después de cientos de años un no-europeo. El que todos conocíamos porque viajaba en subte, porque era cercano a la gente.
Todo lo que siguió es lo sabido. Salí de la plaza con el pecho hinchado. Ya no llovía. Roma se había vestido de fiesta y las nubes se habían disipado, casi como profetizando un nuevo tiempo para nuestra Iglesia. Llamadas, saludos, auguri (como dicen los italianos).
Ya en el colegio, antes de llegar a mi habitación, miré una vez más por un gran ventanal la cúpula de San Pedro que se elevaba majestuosa y sonreí… Y dije para mis adentros: hoy me siento en casa…

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