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“Lo que no se ve, pero se mide: por qué bajó la capacidad intelectual de los chicos argentinos”

Un informe de la Universidad Austral detectó una caída sin precedentes en las habilidades verbales y el coeficiente intelectual de los chicos argentinos en la última década, en un fenómeno que rompe una tendencia histórica de casi un siglo. El dato me obliga, una vez más, a mirar la educación desde la gestión, no solamente desde el diagnóstico

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Durante casi todo el siglo XX, la evidencia internacional mostró algo casi constante en el mundo: generación tras generación, el coeficiente intelectual de la población subía. Se lo conoció como “efecto Flynn”, en referencia al investigador que documentó ese ascenso sostenido durante décadas en decenas de países. Un informe reciente de la Universidad Austral acaba de mostrarme -y de mostrarnos a todos los que trabajamos en el sistema educativo- que en la Argentina esa tendencia se revirtió.

Un estudio de diez años, con datos duros

El trabajo, titulado “Una generación en alerta: el deterioro del aprendizaje y del desempeño cognitivo en estudiantes argentinos”, fue elaborado por el Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad y la Escuela de Educación de la Universidad Austral, y presentado en el marco del Día del Estudiante. Combina evidencia educativa nacional e internacional con una investigación propia desarrollada durante una década.

El estudio de fuente primaria evaluó a 849 niños y adolescentes de entre 8 y 15 años, divididos en cohortes independientes medidas en 2013, 2019 y 2023, a quienes se les administró un test estandarizado de inteligencia. El resultado, cuando lo leí, me resultó contundente: las habilidades verbales -fundamentales para comprender textos, interpretar consignas y desarrollar razonamientos- cayeron 8,4 puntos en la década, pasando de un promedio de 99,4 a 91,03 puntos. El coeficiente intelectual total, controlando estadísticamente la edad, bajó 3,6 puntos. Las habilidades no verbales, en cambio, mostraron mayor estabilidad, lo que me sugiere que el deterioro no es parejo, sino que golpea especialmente en el terreno del lenguaje.

La brecha que no puedo dejar de señalar

Un dato adicional del informe de la Universidad Austral agrega otra capa al problema: se registró una brecha de 26,8 puntos de coeficiente intelectual total entre estudiantes de escuelas públicas y privadas evaluados en 2023. Es una diferencia enorme, del tamaño de la que separa a poblaciones con trayectorias educativas completamente distintas.

Los propios investigadores son cautos con esa cifra: aclaran que no puede atribuirse directamente al tipo de gestión escolar, sino que intervienen factores socioeconómicos, familiares y educativos que se entrelazan y se potencian entre sí. Comparto esa cautela, y también la advertencia que trae consigo: no sirve buscar un culpable único ni una solución mágica. Me sirve, en cambio, para entender que la desigualdad educativa argentina ya no se mide solamente en aprendizajes curriculares, sino en capacidades cognitivas de base.

Un fenómeno que no aparece solo

Este hallazgo no cae en el vacío. Se suma a una serie de señales que vengo analizando en los últimos meses y que, juntas, me dibujan un panorama preocupante. PISA 2025 mostró los peores resultados argentinos desde que el país participa de la prueba, con casi 8 de cada 10 estudiantes por debajo del nivel mínimo en Matemática y 6 de cada 10 en Lectura. En ese mismo informe apareció el fenómeno de los “lectores apresurados”: chicos que leen rápido, pero no logran comprender lo que leen. Argentina es, además, el segundo país entre 83 evaluados con mayor distracción por dispositivos digitales dentro del aula.

Los investigadores de la Universidad Austral vinculan esta caída con una posible desaceleración -o directamente una reversión- del efecto Flynn a nivel global, un fenómeno que ya se observa en otras poblaciones del mundo y que se asocia, entre otras hipótesis, a la expansión del uso de pantallas, celulares y redes sociales en la vida cotidiana de los chicos. 

Qué significa esto para quienes gestionamos escuelas

Acá es donde no me quedo en el diagnóstico. Porque un dato así, una vez que lo conocí, me exige una pregunta de gestión: ¿qué hago con esta información desde mi lugar en las instituciones educativas?

En primer lugar, me confirma algo que vengo señalando desde hace años en el sistema: el problema no es solamente de “más o menos escuela”, de más o menos días de clase. Es de qué pasa efectivamente adentro del aula, con qué herramientas cognitivas llegan los chicos y qué estrategias pedagógicas desplegamos para sostener el desarrollo del lenguaje y el pensamiento.

En segundo lugar, me obliga a repensar la formación docente. Si las habilidades verbales son las más golpeadas, la enseñanza de la lectura, la escritura y la comprensión de consignas tiene que volver al centro de la planificación institucional, con recursos, tiempo y acompañamiento reales, no como una declaración de buenas intenciones en el proyecto educativo institucional.

En tercer lugar, me plantea una discusión ineludible sobre el uso de pantallas en el ámbito escolar y familiar. No se trata de demonizar la tecnología, sino de gestionar su presencia con criterio, algo que ya empezaron a discutir sistemas educativos de otras partes del mundo que están dando marcha atrás con el uso de celulares en las aulas. 

La escuela de 9 de Julio, frente al mismo desafío

Este fenómeno no le resulta ajeno a ninguna región del país, y 9 de Julio no es la excepción. Las escuelas del distrito forman parte de esta misma generación evaluada por el estudio de la Universidad Austral, con las mismas tensiones: pantallas, fragmentación de la atención, brechas entre trayectorias públicas y privadas. Cada equipo directivo, cada docente, cada supervisor tiene hoy la responsabilidad de traducir estos datos en decisiones concretas dentro de su propia institución: cómo enseñamos a leer, cómo gestionamos el tiempo de pantalla dentro y fuera del aula, cómo acompañamos a los docentes frente a un desafío que, hace apenas diez años, no existía en esta escala. 

Un cierre que no admite demoras

Los datos de la Universidad Austral no son, para mí, una curiosidad estadística: son una alarma. Si el deterioro cognitivo de una generación completa ya es medible, entonces la pregunta que me hago no es si hay que actuar. La pregunta es cuánto tiempo más estoy dispuesto a esperar para hacerlo, mientras cada año que pasa suma una nueva cohorte de chicos a este mismo problema.

 

Lic. Fernando Bonforti-Director de FB Educación & Gestión-Consultor en Gestión Educativa, Analista de Políticas Educativas-IG: @fb.educacion.gestion

 

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