Durante décadas, Australia enfrentó un problema ambiental y productivo de enormes dimensiones: la salinización de sus tierras agrícolas. El proceso avanzó sobre campos, caminos, construcciones y fuentes de agua, hasta convertir extensas superficies en terrenos prácticamente improductivos.
La situación tuvo su origen en una transformación profunda del paisaje. Durante miles de años, la vegetación nativa de amplias zonas del sur del país funcionó como una verdadera bomba natural: sus raíces profundas absorbían agua durante todo el año y mantenían la napa freática por debajo de las capas de sal acumuladas en el suelo.
Pero la expansión de la agricultura modificó ese equilibrio. La eliminación de millones de hectáreas de vegetación nativa para incorporar trigo y pasturas redujo drásticamente el consumo de agua por parte de las plantas. A diferencia de los árboles, los cultivos anuales tienen raíces mucho más superficiales y permanecen inactivos durante parte del año.
Como consecuencia, una mayor cantidad de agua de lluvia comenzó a infiltrarse hacia las napas subterráneas. En las zonas más afectadas, el nivel freático llegó a elevarse hasta aproximadamente un metro por año.
Cuando el agua alcanzó las antiguas reservas de sal acumuladas en el suelo, las disolvió y las transportó hacia la superficie. Allí, la evaporación dejó una costra blanca que fue avanzando sobre los campos.
El problema no quedó limitado a la actividad agropecuaria. El agua salina también afectó caminos, construcciones, cañerías y cursos de agua. La salinidad comenzó a deteriorar materiales y a comprometer fuentes destinadas al consumo.
El fracaso de plantar árboles
Frente al avance del problema, una de las primeras respuestas fue intentar recuperar la vegetación perdida. Hacia fines de la década de 1980, Australia impulsó una campaña nacional que contemplaba la plantación de alrededor de mil millones de árboles.
La estrategia tenía una lógica: recuperar las raíces profundas permitiría volver a consumir agua y reducir el nivel de las napas.
La iniciativa funcionó en algunos sectores que todavía conservaban condiciones adecuadas, pero tuvo serias dificultades en las zonas donde la salinidad ya estaba instalada.
El problema era que el suelo podía contener una concentración de sales superior a la que las plantas jóvenes podían tolerar. En esas condiciones, aunque el terreno estuviera húmedo, las raíces tenían dificultades para absorber agua. Las plantas terminaban deshidratándose y muriendo.
El fracaso obligó a cambiar el enfoque.
Del problema ambiental a un recurso productivo
En lugar de intentar eliminar el agua salina, científicos e ingenieros comenzaron a preguntarse si era posible aprovecharla.
Una de las primeras medidas consistió en instalar perforaciones para extraer el agua subterránea y mantener la napa por debajo de la zona de las raíces. El procedimiento permitió proteger algunas áreas productivas, aunque generó un nuevo desafío: había que encontrar un destino para millones de litros de agua salina.
Así surgió una alternativa que parecía poco probable: utilizar esas aguas para desarrollar sistemas de producción acuícola tierra adentro.
Entre las especies seleccionadas apareció el barramundi, un pez capaz de adaptarse tanto al agua dulce como al agua de mar. La posibilidad de criarlo en estanques ubicados a cientos de kilómetros de la costa abrió una nueva perspectiva para las tierras afectadas por la salinidad.
Sin embargo, los primeros ensayos volvieron a presentar dificultades.
La importancia de la química del agua
Aunque el nivel de salinidad parecía adecuado, los peces comenzaron a morir. Los estudios posteriores permitieron identificar que el problema no estaba solamente en la cantidad de sal, sino también en la composición mineral del agua.
El agua subterránea salina no tenía exactamente la misma composición que el agua de mar. Presentaba diferencias en las proporciones de minerales fundamentales para el funcionamiento fisiológico de los peces, entre ellos el potasio.
La incorporación de este mineral permitió equilibrar el agua y mejorar las condiciones para la cría del barramundi.
A partir de allí, el sistema comenzó a mostrar resultados positivos.
La temperatura de los estanques ubicados en regiones áridas también se convirtió en una ventaja. El agua cálida favorece el metabolismo de los peces y puede acelerar su crecimiento, transformando las condiciones extremas del desierto en parte de la solución productiva.
Peces, langostinos y camarones
El modelo no se limitó al barramundi. También comenzaron a desarrollarse experiencias con langostinos y otros crustáceos.
En estos casos, el desafío estuvo relacionado con el equilibrio de minerales como calcio y magnesio, fundamentales para que los animales pudieran formar correctamente sus caparazones después de la muda.
Una vez corregido el balance mineral, los crustáceos pudieron desarrollarse en los estanques de agua salina.
Otro componente incorporado al sistema fue la Artemia, un pequeño crustáceo capaz de sobrevivir en concentraciones de sal muy elevadas.
Estos organismos cumplen una función adicional: se alimentan de algas, restos de alimento y residuos producidos por los peces, contribuyendo al tratamiento del agua. Al mismo tiempo, se convierten en una fuente de alimento para otras especies.
De esta manera, parte de los residuos generados en un sector del sistema puede transformarse en alimento para otro.
Del agua salina a la producción agrícola
El aprovechamiento de los residuos no terminó en los estanques. El agua utilizada en la producción acuícola puede contener nutrientes provenientes de los desechos de los peces, entre ellos nitrógeno y fósforo.
Ese recurso comenzó a utilizarse para cultivar especies capaces de tolerar elevados niveles de salinidad.
Entre ellas aparece el samphire, también conocido como espárrago de mar o sea bean, una planta que puede crecer en ambientes salinos y que además tiene demanda gastronómica.
También se incorporó el saltbush, un arbusto resistente que puede desarrollarse en terrenos donde otras especies no prosperan y que puede utilizarse como alimento para el ganado.
En determinadas experiencias, los ovinos alimentados con estas plantas pasaron a formar parte de una cadena de producción diferenciada, agregando valor a terrenos que anteriormente habían perdido buena parte de su capacidad productiva.
Una alternativa para las zonas áridas
El sistema también incorporó al yabby, un crustáceo de agua dulce característico de Australia, capaz de soportar condiciones variables y períodos de sequía.
Su producción requirió resolver otro problema: el canibalismo entre ejemplares, especialmente durante la muda. La incorporación de estructuras y refugios dentro de los estanques permitió reducir las pérdidas.
El resultado fue un sistema productivo diversificado que puede integrar peces, crustáceos, pequeños organismos acuáticos, cultivos tolerantes a la sal y ganadería.
El aporte de la energía solar
Las condiciones del desierto también ofrecen otra ventaja: una elevada disponibilidad de radiación solar.
La generación de energía mediante paneles solares permite alimentar bombas y sistemas de aireación en zonas alejadas de las redes eléctricas y reducir la dependencia del combustible.
Además, algunas experiencias incorporan paneles solares flotantes sobre los estanques. La sombra disminuye la evaporación del agua, mientras que el propio líquido ayuda a mantener una temperatura más baja en los paneles, favoreciendo su rendimiento.
Así, el agua y la energía solar pueden complementarse dentro del mismo esquema.
Una solución que no elimina la salinidad
A pesar de los resultados, el modelo no significa que Australia haya resuelto el problema de la salinización a escala continental.
La recuperación de las cuencas afectadas continúa requiriendo grandes superficies de vegetación profunda y modificaciones en el manejo del agua. La cantidad de sal acumulada en los suelos sigue siendo enorme y su reversión demanda procesos prolongados.
El aporte de la acuicultura y de los sistemas productivos asociados es diferente: permite transformar un residuo generado por el problema ambiental —el agua salina— en un recurso capaz de generar alimentos e ingresos.
La experiencia australiana plantea así un cambio de perspectiva. En lugar de intentar eliminar por completo aquello que no puede desaparecer fácilmente, la estrategia consiste en encontrar usos productivos compatibles con las condiciones existentes.
El agua que antes debía ser extraída y almacenada como un costo ambiental comenzó a convertirse en parte de una cadena productiva que incluye peces, crustáceos, plantas y ganado.
La sal, que durante décadas fue considerada únicamente una amenaza para los campos y las poblaciones rurales, pasó a ser también un recurso a gestionar y aprovechar.
El desafío, en definitiva, no consiste en hacer desaparecer el desierto ni en expulsar la sal del territorio, sino en aprender a producir dentro de las condiciones que impone el ambiente.



