Hay momentos en la vida de una sociedad en los que las diferencias políticas dejan de ser una riqueza democrática para convertirse en un obstáculo para el futuro. La Argentina parece atravesar uno de esos momentos.
Un pueblo entero busca un rumbo que la política, en buena medida, todavía no logra ofrecer. En lugar de acuerdos que permitan construir una visión de país, asistimos a distanciamientos, peleas, descalificaciones y enfrentamientos que, muchas veces, llegan incluso al interior de los propios espacios políticos.
La democracia no consiste solamente en que una mayoría gane una elección. También implica comprender que detrás de una elección existe una sociedad diversa, con millones de ciudadanos que votaron otra alternativa. El que gobierna tiene la responsabilidad de representar a todos, no solamente a quienes lo acompañaron.
Quienes no obtuvieron la mayoría también forman parte de la democracia. Si una fuerza política reúne el 40% o más de los votos, aunque no haya alcanzado el triunfo, representa a una porción enorme de la sociedad. Sus ideas, sus preocupaciones y sus votantes merecen respeto y consideración. No hacerlo significa desconocer una parte sustancial de la voluntad popular. Es alejarse de la esencia de la democracia.
La alternancia es saludable. El problema aparece cuando durante décadas la Argentina parece condenada a oscilar entre modelos que se presentan como irreconciliables: populistas y liberales, Estado contra mercado, unos contra otros. Unos ocenta años de esa disputa permanente nos han llevado a una crisis profunda y, sobre todo, a una incapacidad para construir políticas de Estado que sobrevivan a los gobiernos.
Y aquí aparece la gran paradoja argentina.
Somos un país que no ha sufrido guerras recientes que hayan destruido su infraestructura y su capacidad productiva. No tenemos conflictos religiosos o raciales de magnitud. No hemos padecido una inmigración desestabilizante. Tenemos una población relativamente pequeña para la extensión de nuestro territorio, enormes recursos naturales, tierras productivas, agua, energía, alimentos y una ubicación geográfica privilegiada.
Entonces, ¿cómo explicar que un país con semejantes condiciones haya llegado a semejante nivel de crisis?
La respuesta no puede buscarse solamente en un gobierno, en un partido o en una ideología. Es necesario mirar mucho más atrás.
Durante décadas hemos construido una cultura política basada en la confrontación, en la idea de que quien llega al poder tiene derecho a deshacer lo que hizo el anterior y comenzar nuevamente desde cero. Cada gobierno pretende refundar la Argentina. Cada ciclo político llega acompañado de una nueva promesa y deja, demasiadas veces, nuevas fracturas.
Mientras tanto, los problemas permanecen.
La pobreza, la educación, la falta de oportunidades, la inseguridad, la infraestructura, la salud, el empleo, la producción y la necesidad de recuperar una moneda confiable no son problemas de un partido. Son problemas de los argentinos.
La Argentina necesita dejar de discutir permanentemente quién tiene la culpa para comenzar a discutir qué país quiere construir.
Eso no significa negar las diferencias. Tampoco significa pedir una unidad artificial donde todos piensen igual. La democracia necesita oposición, debate, controles y alternancia. Pero también necesita respeto.
Quien gobierna debe entender que el voto que no lo acompañó no es un voto enemigo. Es el voto de otro argentino. Y quien perdió una elección debe comprender que la voluntad de la mayoría también merece respeto.
Quizás el verdadero desafío de nuestro tiempo sea recuperar algo mucho más básico: la capacidad de escucharnos…Y que quien gobierno llame a reuniones centrales a la oposición para acuerdos esenciales de progreso.
No se trata de que populistas y liberales renuncien a sus ideas. Se trata de que puedan aceptar que ningún sector tiene el monopolio de la verdad y que ningún proyecto puede construirse permanentemente contra la mitad del país.
Argentina necesita un acuerdo sobre lo esencial: instituciones fuertes, respeto por la Constitución, reglas previsibles, educación de calidad, trabajo, producción, seguridad, equilibrio fiscal, una moneda estable y una política exterior que defienda los intereses nacionales.
Sobre esos pilares puede existir competencia política. Y debe existir.
Lo que no podemos seguir haciendo es convertir cada elección en una guerra y cada cambio de gobierno en una oportunidad para borrar al otro.
Porque mientras la política pelea, el país espera y decae. Cada crisis se agudiza.
Espera un rumbo. Espera previsibilidad. Espera oportunidades. Espera que alguna vez sus dirigentes sean capaces de mirar más allá de la próxima elección.
Con los recursos y las condiciones que tiene la Argentina, nuestra crisis debería resultar inexplicable para el mundo. Un país sin guerras recientes, sin grandes conflictos religiosos o raciales, con vasto territorio, poca población y una riqueza natural extraordinaria debería haber tenido todas las condiciones para convertirse en una de las grandes naciones de la región y con perspectiva hacia todos los continentes.
Si no fuese por las políticas equivocadas, las decisiones contradictorias y la incapacidad de construir consensos durante los últimos ochenta años, deberíamos estar hablando de la Argentina como una verdadera tierra prometida.
Todavía podemos hacerlo.
Pero para eso no alcanza con cambiar de gobierno.
Hay que cambiar una manera de hacer política. Modificar la menra de pensar y actuar, repetando.
Y, sobre todo, comprender que el adversario político no es el enemigo.
Es otro argentino.
Y también forma parte del país que todos necesitamos construir.
*Director Medios Cadena Nueve



